Santa Irene, reconocida por su valentía en Tesalónica, es una figura emblemática del cristianismo primitivo. Nacida en el siglo III, durante una época de persecuciones bajo el imperio de Diocleciano, Irene se destacó por su firme defensa de la fe cristiana. A pesar de la prohibición del emperador, ocultó libros sagrados, un acto que la llevó a ser apresada y llevada a un lupanar público como castigo. Finalmente, fue quemada por orden del prefecto Dulcecio, compartiendo el martirio con sus hermanas Ágape y Cionia. Su legado es celebrado cada 5 de abril, recordando su coraje y devoción.
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