San Celestino I, cuyo pontificado se desarrolló en el siglo V, es recordado por su firmeza en la defensa de la verdadera fe cristiana. Durante su papado, trabajó arduamente para expandir los límites de la Iglesia, estableciendo el episcopado en Gran Bretaña e Irlanda. Además, jugó un papel crucial en el Concilio de Éfeso, donde se condenó la herejía de Nestorio y se proclamó a María como Madre de Dios.
Su festividad se celebra el 27 de julio, y su legado perdura en la historia de la Iglesia como un líder espiritual dedicado a mantener la unidad y pureza de la doctrina cristiana.